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Sin nada que perder

Recomendada
Título Original: Hell or High Water
País: Estados Unidos
Año: 2016
Género: Drama-Policial
Duración: 102'
Calificación: +9 años
Dirección: David Mackenzie
Protagonistas: Jeff Bridges - Chris Pine
Elenco: Ben Foster - Gil Birmingham - Marin Ireland
Resumen:

Tanner (Ben Foster) y Toby Howard (Chris Pine) son dos hermanos que viven en el estado de Texas y que se proponen robar varios bancos de la zona en un breve período de tiempo. Su objetivo es reunir la cantidad de dinero necesaria para no perder la granja familiar que el banco les reclama por falta de pago, que es lo único que tienen. Será una carrera contrarreloj, porque la policía de Texas, con el veterano Marcus Hamilton (Jeff Bridges) a la cabeza, está pisándoles los talones.



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Inglés (ST en español)
Martes 28 de Marzo 20:00
Miércoles 29 de Marzo 20:00
Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Nada parece sobrar ni faltar en este relato que crece con pulso seguro desde el minuto uno, hasta un final violento y desencantado que implica cierta forma de justicia pero también de desconcierto.

La deuda interna

Lo que pronto queda claro a los pocos minutos de empezar Hell or High Water es que para que un thriller funcione bien (y este funciona bárbaro) no es necesario que haya buenos y malos. O, en otras palabras, que "bueno" y "malo" son conceptos bastante complejos y difíciles de aplicar en una película en la que no hay claros héroes ni villanos. ¿O sí?

Está claro que los asaltantes de bancos no profesionales que interpretan Chris Pine y Ben Foster, ese dúo de hermanos empecinados en recuperar la granja familiar antes de que sea demasiado tarde, se ganan fácilmente la empatía del espectador. Nadie quiere que les vaya mal, aunque está claro que al menos uno de los dos deberá pagar por la osadía. Lo mismo vale para el ranger veterano, sardónico y a punto de jubilarse que encarna a la perfección Jeff Bridges; que el tipo quiera atrapar a los delincuentes a toda costa no lo hace un villano, sólo está haciendo su trabajo. Y, muy probablemente, saboreando una última aventura antes de retirarse a una vida aburrida en el porche de su casa.

Entonces, ¿quiénes son los malos en esta historia? Pues los bancos, esas instituciones financieras que viven de las penurias económicas de la gente común, de los pobres trabajadores, a quienes convierten en rehenes de sus propias necesidades sin salida a la vista. Hay más de un comentario sobre "esos ladrones", los bancos, que "me han robado durante 30 años"; incluso puede verse un desprolijo grafiti, al comienzo de la película, que denuncia la contradicción entre haber ido tres veces a Irak a pelear por la patria pero no poder acceder a un préstamo "para gente como nosotros". Está escrito precisamente en una pared al costado de un banco...

Es parte del paisaje en el que se ambienta este western contemporáneo, con autos robados y camionetas 4x4 en lugar de caballos. Son las vastas llanuras de Texas, el viejo territorio comanche usurpado por los blancos hace más de un siglo, pero también son los enormes campos en venta, las fábricas cerradas, y los anuncios que prometen liquidar las deudas. Es precisamente el paisaje de un país (o al menos de una enorme parte de él) que lleva a un hombre como Donald Trump a la presidencia; un país en el que el ciudadano promedio siente el peso de una deuda interna que sus gobernantes no están dispuestos a saldar; un ciudadano al que se le han reído en la cara durante demasiado tiempo. Un país en el que la pobreza, como lo afirma tan claramente un personaje de la película, es como una enfermedad que se transmite de generación en generación. Endémica.

En este país (como lo sugería la novela de Cormac McCarthy que dio lugar a aquella gran película de los hermanos Coen) no parece haber lugar para viejos como Marcus Hamilton, ni para jóvenes como los hermanos Howard. Mucho menos para indios mezclados con mexicanos como el taciturno Alberto (Gil Birmingham), el compañero de andanzas de Hamilton. Es un asunto que bien podría haber escrito aquel autor; incluso la podrían haber dirigido perfectamente los Coen, pero sería otra película, quizás menos lineal y con un final más enigmático. Aquí todo está claro, como en un buen western, salvo - de nuevo - quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Están claras las intenciones de los personajes, sus necesidades, sus dolores, el vacío existencial que produce la falta de perspectivas y también está claro cómo responde una sociedad llena de cowboys armados cuando alguien se sale de las normas: a los balazos.

Quizás lo más notable del guion de Taylor Sheridan (autor de Sicario) es cómo establece las relaciones entre sus personajes: la férrea fraternidad entre los dos hermanos Howard, el compañerismo algo cansino entre Hamilton y Alberto. Son relaciones teñidas por pinceladas de humor, seguramente como mecanismo de defensa ante temas pesados que no se pueden abordar con facilidad, como la muerte. Nada parece sobrar ni faltar en este relato que crece con pulso seguro desde el minuto uno, hasta un final violento y desencantado que implica cierta forma de justicia (tanto para unos como para otros) pero también de desconcierto. ¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue esto? Es un final no necesariamente cargado de ambigüedad moral, como sucedía con el cruce de miradas amenazantes entre el padre vengativo Sean Penn y el amigo policía Kevin Bacon al final de Río místico, pero sí salpicado de esa sensación de cierre no del todo definitivo, como a la espera de un reencuentro inevitable.

Es notable también la dirección del escocés David Mackenzie, que logra el retrato de la inequívoca atmósfera de un Estados Unidos profundo y rural, con una galería increíble de personajes secundarios. Cuenta para eso con la colaboración de su director de fotografía Giles Nuttgens, de su editor Jake Roberts y sobre todo de una perfecta banda sonora compuesta por temas de extracción folk y música original de esos formidables compositores que son Nick Cave y Warren Ellis. Y, por supuesto, con un elenco sin fisuras encabezado por cuatro actores comprometidos hasta el hueso con sus personajes. Lo de Bridges no es novedad ninguna, pero sí llama la atención la sobriedad que Chris Pine imprime a su Toby Howard, un rol que lo aleja bastante de su imagen de galán. Ben Foster, por su parte, confirma por qué es uno de los mejores secundarios de Hollywood. Su interpretación de Tanner es una clase magistral de cómo componer a un personaje fuera de la ley que se gana la empatía del espectador sin caer en estereotipos ni golpes bajos.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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