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Crash: vidas cruzadas

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Título Original: Crash
País: Estados Unidos - Alemania
Año: 2005
Género: Drama
Duración: 1h53'
Calificación: Todo público
Dirección: Paul Haggis
Protagonistas: Sandra Bullock - Don Cheadle
Elenco: Matt Dillon - Jennifer Esposito - William Fichtner - Brendan Fraser

Un accidente en medio del caos vehicular y el descubrimiento del cuerpo de un hombre brutalmente asesinado junto a la autopista, harán que las vidas de varias personas se entrecrucen: un policía veterano y racista (Matt Dillon), su compañero novato e idealista (Ryan Phillippe), un ama de casa casada con el fiscal del distrito (Sandra Bullock, Brendan Fraser), un comerciante iraní, una pareja de color adinerada (Thandie Newton, Terrence Howard)… Estos son algunos de los personajes entre los que surgirán tensiones tanto raciales como de clase que ilustran el caos de las vidas de los habitantes de una gran ciudad como Los Angeles. Ganadora de tres Oscar 2006: mejor película, guión original (de Paul Haggis y Bobby Moresco) y montaje (Hughes Winborne).

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Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Un intenso cuadro coral sobre racismo y tolerancia en el que la mano del director Paul Haggis y el estupendo elenco compensan ciertas obviedades del guión.

Autos chocadores

“Es el sentido del tacto. En cualquier ciudad uno camina y se roza con la gente. En Los Angeles, nadie te toca. Siempre estamos detrás de vidrio y metal. Creo que extrañamos tanto ese tacto que chocamos unos con otros, sólo para poder sentir algo.”

Las primeras palabras que escuchamos en Crash (no confundir con la película de David Cronenberg de 1996) son la reflexión de un hombre aturdido, un policía negro (Don Cheadle) acostumbrado a enfrentar las consecuencias de la violencia, que acaba de chocar junto a su compañera de origen latino (Jennifer Esposito) contra el auto de una mujer asiática (o fue al revés, pero no importa). A los pocos segundos, las dos mujeres están intercambiando insultos y acusaciones y una de ellas amenaza con llamar “a migraciones” sin reparar en que su “contendiente” es una oficial de policía, además de ciudadana estadounidense, claro.

Casi dos horas más tarde, la película del canadiense Paul Haggis va a terminar con una escena similar, y su ligero tratamiento irónico sugerirá que quizá debamos resignarnos a que todo vuelve a empezar, a que todo se repite. A que, en una gran ciudad, un conflicto superado significa que otro conflicto está a punto de comenzar. Haggis, cuyo guión de Million Dollar Baby le permitió a Clint Eastwood volver a ganar el Oscar, refuerza esa idea dando a su segunda película como director una estructura moderadamente circular en la que la escena del comienzo es apenas un prólogo (o un anticipo) que nos hace regresar unas 36 horas para, a partir de allí, contarnos lo que le sucede a un puñado de habitantes de Los Angeles hasta este momento de choque. Lo cierto es que no será la única colisión –no sólo automovilística- que veremos en ese lapso de tiempo.

Una de las cosas que inspiraron a Haggis fue haber pasado por la misma experiencia que uno de sus personajes: fue secuestrado por ladrones dentro de su auto. Pero al director y su co-guionista (Bobby Moresco) no les interesa sólo explorar la naturaleza humana frente a determinadas situaciones límite. Esas situaciones –un accidente, un robo a mano armada, un acoso policial, un hombre vengativo empuñando un arma- son apenas, si se quiere, “lugares comunes” que les permiten bucear en algunas zonas oscuras de la sociedad norteamericana: la inherencia de la violencia (una sociedad donde uno puede comprar un arma en cualquier almacén es una sociedad condenada a la violencia), los prejuicios y la discriminación entre razas y clases, el vacío de una vida burguesa, la incomunicación.

Nada de esto es nuevo, y Haggis no ofrece en realidad nuevos apuntes para la reflexión que el cine norteamericano no haya dado ya a través de anteriores y notables películas como Grand Canyon (Lawrence Kasdan, 1991), Ciudad de ángeles (Robert Altman, 1993) o Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), todas ellas igualmente ambientadas en Los Angeles e igualmente estructuradas en forma coral en torno a varios personajes. Lo que quizás diferencia a Vidas Cruzadas (tampoco confundir con el título castellano de The Crossing Guard, aquella película de Sean Penn de 1995) es que le importa más el impacto colectivo de sus historias que su domesticidad, es decir, no mira tanto hacia el interior de una/s familia/s (sin dejar de tomarlo en cuenta porque está contando, después de todo, historias personales e íntimas) sino a los roces y conflictos colectivos que las frustraciones individuales provocan. Es como una vuelta en los autos chocadores: diez o quince personas que en su mayoría no se han visto nunca entran ahí, suben a sus carritos, pisan el acelerador y, dependiendo de las ganas que tenga cada uno de disfrutar el paseo o de darse de frente contra otros, la vuelta será más o menos movida. Se sabe que esto es un juego que dura diez minutos, pero más o menos lo mismo, a mayor escala, sucede las 24 horas del día afuera, en la calle, tanto en Los Angeles como en Montevideo.

Lo que molesta del guión de Haggis es lo esquemático de su comentario social: los discriminados son a su vez discriminadores. En otros momentos, su película peca de aleccionadora y otras veces su uso de la ironía provoca desconcierto en el espectador: cuando dos chicos negros caminan por la vereda de un barrio “blanco” y uno de ellos se queja de ser discriminados por tener aspecto de pandilleros, su amigo le sugiere, “¿será porque andamos armados?” No hace falta agregar que ambos chicos son, claro, pandilleros. Entonces uno encuentra sensaciones encontradas: está bueno que una película norteamericana mire hacia adentro y busque cierto sentido en todo el caos que rige la vida en una grand ciudad, pero hubiera sido más interesante hacerlo apelando a la inteligencia del espectador y no a los planteamientos más básicos que había a mano.

Como director Haggis provoca las mismas reacciones. Uno está dispuesto a perdonarle todos sus facilismos como guionista porque, en términos cinematográficos, su película es un muy buen drama, excelentemente actuado, con algún momento de increíble fuerza. Basta ver esa escena del accidente que acude a socorrer Matt Dillon para entender de qué va, al fin de cuentas, la película: no importa lo que hagamos, en el momento menos pensado nos podremos ver enfrentados a las consecuencias de nuestros actos (de acuerdo, el mensaje –una vez más- es simple y llano, pero otra vez se le perdona por su fuerza dramática e impecable ejecución cinematográfica). Pero al mismo tiempo exhibe cierta tendencia a “embellecer” sus imágenes, a buscar ese perfecto encuadre y a reforzar algún momento contemplativo con música “new age” (gentileza de Mark Isham) que, de alguna manera, frivolizan y le quitan contundencia a la película. Por momentos parece que estamos viendo un capítulo de E.R. o alguna de esas pulcras series televisivas.

Pero vale la pena, después de todo, porque sus intenciones son buenas. Y el mensaje llega claro y directo para que todo el mundo lo entienda: “sabemos que no somos perfectos, pero así somos”. Uno siempre puede ignorar los mensajes obvios y disfrutar simplemente de una película, que también vale la pena. De la misma forma que uno puede ir a los autos chocadores y, en lugar de darse de frente contra todos como maniáticos, tratar de dominar el volante y esquivar los golpes. ¿Acaso no es esa la gracia del juego?


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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