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El pianista

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Título Original: The pianist
País: Francia - Alemania - Inglaterra - Polonia - Holanda
Año: 2002
Género: Drama
Duración: 2h28'
Calificación: +9 años
Dirección: Roman Polanski
Protagonistas: Adrien Brody - Thomas Kretschmann
Elenco: Maureen Lipman - Daniel Caltagirone - Emilia Fox - Frank Finlay

Wladyslaw Szpilman tenía 27 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, y ya era reconocido como uno de los pianistas polacos más destacados. Precisamente estaba interpretando el Nocturno en Do menor sostenido de Chopin en la radio estatal polaca cuando la Luftwaffe bombardeó la emisora hasta arrasarla. Esta adaptación de su novela autobiográfica, "El pianista del gueto de Varsovia", sigue la experiencia de Szpilman (Adrien Brody), brillante pianista polaco y judío, desde que escapa de la deportación. Obligado a vivir en el corazón del gueto de Varsovia, comparte el sufrimiento, la humillación y los esfuerzos. Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes 2002. Oscar 2003 al mejor director (Roman Polanski), actor (Adrien Brody) y guión adaptado (Ronald Harwood).

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Comentario de Cartelera.com.uy

"El mundo se muere y tú sigues vivo porque recuerdas tu piano.
Compás por compás en el frío del gueto vas repasando el Nocturno en do sostenido menor de Chopin en tu memoria.
Si fueras tu nieto y yo fuera mi abuelo, quizás tú contarías mi historia.
Yo tengo tus mismas manos, yo tengo tu misma historia.
Yo pude haber sido el pianista del gueto de Varsovia"

Jorge Drexler

Pocas veces uno presencia la actitud que el público tuvo, al menos en esta función, al final de El pianista. Casi nadie dejó la sala cuando comenzaron a correr los créditos, como suele hacer en general la mayoría del público, a la que no le interesa quién interpretó a quién, quién fue el director de fotografía, o quién compuso la música. Claro, en el caso de El pianista esa reacción tiene que ver, en gran medida, con la decisión del director Roman Polanski de ofrecer los créditos durante la ejecución de un concierto de Chopin. Un plano único muestra las manos de Wladyslaw Szpilman dominando el teclado, mientras fuera de cuadro le acompaña una orquesta. Pero el silencio y la permanencia del público puede interpretarse como una actitud de respeto hacia ese sobreviviente, hacia el cineasta que nos contó la historia, o simplemente como un momento de recuperación tras haber asistido a una experiencia dolorosa, lindante con el horror.

Ese retrato de la vida en el gueto de Varsovia puede resultar abrumador, sobre todo porque es una de las descripciones más estremecedoras que se hayan visto de la bestialidad a la que puede llegar el ser humano cuando decide despojar de dignidad a otros, de las barbaridades que se llegan a cometer en nombre de un régimen, de una religión, o de un presidente. Y es, al mismo tiempo, un ejemplo admirable de la capacidad de supervivencia de ese mismo ser humano cuando le toca ser victimizado.
La de Wladyslaw Szpilman es apenas una historia individual más entre tantas otras que merecen ser contadas, y que posee características únicas que la hacen suficientemente interesantes. Lo sugestivo de este relato es que el protagonista lo volcó en un libro muy poco tiempo después de los hechos, por lo que la riqueza de detalles, vivencias y emociones adquiere una autenticidad mayor. A esa travesía en primera persona (que confía más que nada en la imagen y desecha de plano la tan trillada narración en off) se le suman los recuerdos, seguramente desordenados aunque imborrables, del propio Polanski.

Nacido en París de padres polacos judíos, Polanski pasó su infancia dentro del gueto de Cracovia, desde donde los Nazis se llevaron a toda su familia (sólo volvió a ver con vida a su padre). Muchos de esos recuerdos alimentan este cuadro auténtico y estremecedor, a través de episodios aislados, viñetas humanas, o frases que uno adivina difíciles de olvidar (el "no corras" que alguien le dice a Szpilman fue un consejo dado por su padre, mientras empujaba al pequeño Roman lejos del tren que estaba a punto de llevarse a su familia hacia los campos de exterminio).

Como relato cinematográfico, El pianista es doblemente significativo. Utiliza un estilo clásico, directo, con mucha atención al detalle y a los efectos individuales de un infierno colectivo (la mujer, quizá loca, que no deja de preguntar por su marido desaparecido; el "loco lindo" que se mezcla entre un grupo de niños para tomarle el pelo a los soldados alemanes; la pelea de dos desesperados por una lata de sopa). En ningún momento Polanski intenta adornar la narración, dejando en evidencia la presencia de un director detrás de cámaras (como podría hacer Spielberg, por ejemplo), sino por el contrario despojarla de efectos y agregados innecesarios, ya sean tecnológicos o dramáticos.

Al mismo tiempo llama la atención la extrema pasividad del protagonista, un individuo que prácticamente no dispara la acción sino que se limita a transcurrir arrastrado por las circunstancias. Esto estaría contradiciendo uno de los principios del cine tradicional, donde se supone que la figura del "héroe" es la que activa la acción con su continua superación de obstáculos en pos de un objetivo. Aunque si se considera que el objetivo máximo de Szpilman es sobrevivir, entonces es coherente el planteo: cuando todas las circunstancias son adversas y el protagonista se ve inmerso en una peripecia en la que no pidió estar, lo único que queda es superar los obstáculos inmediatos que se le ponen en el camino, llámense hambre, balas, frío...

Quien no parece nada pasivo es Adrien Brody, un joven actor que ya había llamado la atención en La delgada línea roja, Summer of Sam (de Spike Lee) y Pan y rosas (de Ken Loach), pero que aquí se consagra definitivamente, nominación al Oscar incluida. Su encarnación de Szpilman exhibe una tranformación física y emocional que asombra. Podrá no tener la presencia de una "estrella de cine", como Tom Cruise o Brad Pitt, pero después de su actuación en El pianista es factible anticipar que en el futuro le van a tocar los mejores papeles.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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