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Secreto en la montaña

Recomendada
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Título Original: Brokeback Mountain
País: Estados Unidos
Año: 2005
Género: Drama-Romance
Duración: 2h14'
Calificación: +15 años
Dirección: Ang Lee
Protagonistas: Heath Ledger - Jake Gyllenhaal
Elenco: Michelle Williams - Anne Hathaway - Randy Quaid

Una mañana de 1963 en Signal, Wyoming, Ennis Del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhaal) se encuentran mientras buscan empleo en el rancho de Joe Aguirre (Randy Quaid). El mundo en el que Ennis y Jack nacieron es un mundo que está cambiando rápidamente. Y aunque ambos jóvenes parecen seguros de sus logros y del camino que eligen para sus vidas -obteniendo un trabajo fijo, casándose y formando una familia- nunca dejarán de sentir un profundo deseo de algo más, algo que los haga sentir realmente vivos. Cuando Aguirre los envía a trabajar como guías de ganado en la majestuosa Brokeback Mountain, comienzan a construir –sin darse cuenta- una relación que se inicia en camaradería y llega, con el paso de los años, a consolidarse en un profundo amor tan mutuo como secreto.

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Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras… Una épica historia de amor narrada con profunda sensibilidad y maestría; gran actuación de Heath Ledger. Tal vez el primer gran clásico del siglo XXI.

Belleza americana

Así como el plano inicial describe un paisaje abierto para luego cortar a un plano más cerrado donde apreciar el detalle (un camión que atraviesa el campo en plena madrugada), de la misma manera el director taiwanés Ang Lee parte de un paisaje conocido como es el gran oeste americano para focalizar en la historia individual de dos vaqueros, solo que estos dos vaqueros no tienen nada en común con los rudos hombres del oeste que hemos visto en el cine. O en realidad sí; lo que pasa es que a lo mejor hasta ahora no se los había visto tan de cerca.

“La película sobre los vaqueros gays”, le llamaban. Esto era, claro, mucho antes de su estreno, durante los meses de especulación desde que se supo que el aclamado director estaba filmando una adaptación del relato de Annie Proulx -originalmente publicado en la revista The New Yorker (1997)- sobre la historia de amor entre dos cowboys. Tras haberla visto, es obvio que no se trata de “una película sobre vaqueros gays” (“en todo caso bisexuales”, comentó irónicamente un crítico norteamericano). “No soy ningún marica”, declara Ennis Del Mar a la mañana siguiente de lo que se supone es su primera experiencia sexual con otro hombre; “yo tampoco”, responde Jack Twist. Dos gays no tendrían necesidad de aclarar ese punto. Es que esta es la historia de cómo dos jóvenes hasta ese momento heterosexuales canalizan mutuamente una pulsión sexual (de manera cruda, impulsiva, casi salvaje), de cómo esa pulsión inicial da paso a un entendimiento recíproco y a un legítimo afecto (del que no son del todo conscientes al principio), y de cómo ese afecto deriva en un entrañable amor que los marcará de por vida.

Tal vez eso es lo que perturba más a los retrógrados que la han rechazado (aún antes de verla): los protagonistas de esta historia de amor no son travestis ni chicos de vida alocada que escuchan Abba (“gay”, después de todo, quiere decir “alegre”); son dos habitantes del medio rural que se casan y tienen hijos porque, bueno, es lo que se supone que los hombres deben hacer, lo que se espera de ellos. Lo que está diciendo esta película, después de todo, es que tanto en el sexo como en el amor las etiquetas son tan simplistas como arbitrarias; heterosexualidad y homosexualidad (por más que el Vaticano diga lo contrario) son conceptos que no dicen nada cuando intervienen los deseos y los sentimientos de las personas. Ya lo dice el slogan de Brokeback Mountain: "el amor es una fuerza de la naturaleza".

La oriental serenidad de Ang Lee observa de manera casi contemplativa cómo se va forjando la relación entre Jack y Ennis desde que se conocen cuidando ovejas en las montañas de Wyoming. Allí la naturaleza parece tener fuerza propia, mientras ambos jóvenes se dedican a sus tareas y van rompiendo poco a poco una barrera inicial montada sobre la falta de confianza y, en particular, sobre la parquedad del taciturno Ennis, hombre de pocas palabras y rostro ceñido (de alguna manera Ennis representa al viejo, tradicional Oeste, mientras que Jack sería el “nuevo Oeste” que toma la iniciativa y parece dispuesto a atreverse a cosas nuevas). Sólo ese comienzo bastaría para comprobar cuánto ha madurado como actor el australiano Heath Ledger: no sólo el cerrado acento y los pequeños gestos toscos, sino sobre todo la progresiva manera como va exponiendo la escondida vulnerabilidad de Ennis, confirman lo que sus actuaciones en El Patriota o Monster’s Ball habían insinuado. Tanto él como Jake Gyllenhaal demuestran ser dos de los mejores actores de su generación, además de dos profesionales que no le temen al riesgo (ambos fueron advertidos en su momento de que esta película significaría el fin de sus carreras).

Nunca antes el cine norteamericano –nunca antes el cine, creo yo- había retratado el amor entre dos hombres con tanta franqueza, sensibilidad y fuerza emotiva. Y alejándose tan radicalmente de los estereotipos, o de la imagen del “gay asumido” que sí se ha visto últimamente (sobre todo en comedias de confusiones). Tal vez lo más valioso (lo que le ha permitido lograr el éxito y el reconocimiento que está cosechando) es que llega un momento en la película en que el sexo ya no importa (tanto el sexo como identidad de género como la práctica del sexo), sólo importan los sentimientos entre dos personas y los obstáculos que hay entre ellas. Estos obstáculos tienen que ver, no obstante, con el hecho concreto e irrefutable de que las dos personas son del mismo sexo, y conque dos hombres viviendo juntos en un medio rural de los años ’60 podría provocar un rechazo que terminara en un crimen de odio como el que Ennis tuvo que presenciar cuando era un niño. (No hay que ir a los años ’60 para detectar la homofobia arraigada en el corazón de Norteamérica; en el mismo Wyoming en que se ambienta la historia, en 1998, un estudiante universitario llamado Matthew Shepard fue golpeado por dos jóvenes y dejado a morir atado a una cerca, simplemente porque no les gustó que fuera gay).

Lo notable de Brokeback Mountain (del cuento original y de su adaptación a cargo de Larry McMurtry y Diana Ossana) es que en ningún momento asume una posición de alegato contra la homofobia. No es un film militante, ni pretende serlo. Como las grandes obras y los discursos inteligentes, se limita a describir los sentimientos de sus personajes, llenos de legítima pureza y compleja humanidad, transmitiendo a la vez cómo factores externos como el odio irracional, los prejuicios sociales o la indiferencia familiar son las verdaderas amenazas a la felicidad de las personas. Su “no discurso” resulta mucho más contundente que los alegatos antidiscriminación del tipo Filadelfia (donde, por otro lado, el abogado gay que interpretaba Tom Hanks nunca tenía un momento de intimidad con su novio Antonio Banderas).

Todo en Brokeback Mountain tiene su justa medida; ni la sobrecogedora fotografía del mexicano Rodrigo Prieto ni la hermosa música compuesta por el argentino Gustavo Santaolalla acaparan mayor atención de la necesaria. Como todos los demás elementos de la producción, están allí para dar relevancia a los personajes, que son lo que realmente importa. La edición, aún desde su meritoria invisibilidad, hace su fundamental aporte: las escenas se suceden y en apenas un corte de montaje han pasado meses e incluso años, y uno tiene la sensación de que la vida es la que se lleva por delante a los personajes en lugar de ser éstos los verdaderos forjadores de su destino. (Brokeback Mountain fue el trabajo final de la estupenda montadora Geraldine Peroni, quien falleció durante la posproducción siendo reemplazada por Dylan Tichenor, habitual colaborador de Paul Thomas Anderson).

Hay un gran director detrás, por supuesto: parece imposible pensar que es el mismo director que paseó a Emma Thompson y Kate Winslet por la campiña inglesa (Sensatez y Sentimientos, 1995), o que hizo volar sobre bosques de bambú a los guerreros chinos de El Tigre y el Dragón (2000). Mucho menos parece una película del mismo hombre que hizo una desconcertante versión de Hulk (2003). Pero la diversidad parece ser la marca de fábrica de Ang Lee; ninguna película suya se parece a otra, mucho menos desde que desembarcó en Estados Unidos y ha venido evadiendo, con mucha lucidez, los caprichos de esa trituradora de cerebros que es Hollywood. Tal vez un director americano no podría haber filmado una película como ésta; tal vez hacía falta una mirada exterior, como la que diseccionó la insatisfacción familiar de los años ’70 en La Tormenta de Hielo (1997), una notable película de Lee nunca estrenada en Uruguay. De la misma manera que el inglés Sam Mendes había desnudado la hipocresía suburbana de los ‘90 en Belleza Americana (1999).

Ahora resulta que Ang Lee está entre los favoritos a ganar el Oscar, precisamente por esta suerte de reinvención de la clásica saga americana, un poco a la manera de Lo que el Viento se Llevó, o Gigante, películas épicas sobre familias que se van formando un poco a los tumbos y que, en definitiva, terminan siendo la base sobre la cual descansa esa sociedad tan compleja y heterogénea llamada Estados Unidos de América. Solo que en las familias de Brokeback Mountain no hay héroes ni amores triunfales; estas familias esconden deseos de otras vidas, de otros sentimientos y de otros amores que no tienen lugar dentro del sueño americano. Son una trágica simulación, una gran vidriera para tapar aquello que muchos no quieren ver, aquello que se supone prohibido, y que Ang Lee muestra con la desgarradora tristeza de un amor imposible condenado al secreto y al silencio.

Desde su apacible amargura y creciente fuerza emotiva, Brokeback Mountain es, a su manera, un callado grito de rebeldía. O, en otras palabras, una película revolucionaria.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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