Gilda, no me arrepiento de este amor

Gilda, no me arrepiento de este amor

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  • Titulo original: Gilda, no me arrepiento de este amor
  • Dirección: Lorena Muñoz
  • Género: Drama-Musical
  • Protagonistas: Natalia Oreiro - Ángela Torres
  • País: Argentina-Uruguay Año: 2016
  • Duracion: 110'
  • Elenco: Javier Drolas - Lautaro Delgado - Susana Pampín - Roly Serrano
  • IMBD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

Esta historia tiene un lado conocido, ese que se genera con la muerte prematura de una ídola popular como Gilda. Para su público ella es un mito, una leyenda, una sanadora. Pero ¿qué hay detrás de un mito? ¿Qué hubo en la vida real de Gilda? A 20 años de su trágica muerte, esta película se sumerge en su verdadera historia, en su intimidad, descubriendo su universo hasta hoy desconocido: el de Miriam Alejandra Bianchi (Natalia Oreiro).

Trailer

En los siguientes canales

  • Max

    • Jueves 15 de Noviembre

      • 18:10

Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Este es, quizás, el trabajo más completo y emotivo de Natalia Oreiro en toda su carrera, porque escapa a la mera imitación de Gilda para meterse en la piel y en la sensibilidad de Miriam.

Soñar, soñar

Desde la primera, poderosa imagen que aparece en pantalla se intuye que Gilda, no me arrepiento de este amor no será la previsible, condescendiente y explotadora película que - tal vez prejuiciosamente - podía esperarse. Desde los primeros minutos ya se instala una sobriedad y una contundencia dramática bastante inusuales en este tipo de "producto", donde generalmente importa más el repaso cronológico de momentos y acontecimientos clave en la vida de una figura pública que la exploración íntima de un personaje, sus sueños, su fragilidad, sus ambiciones. Esto último es Gilda, más que ninguna otra cosa.

Aquella primera imagen (la de un ataúd que viaja en coche fúnebre, bajo la lluvia, rodeado de rostros llorosos y de manos que intentan tocarlo a través del vidrio) me remite al final de otra película argentina sobre un ídolo popular caído en desgracia y también muerto trágicamente: Gatica el mono (1993), de Leonardo Favio, sobre el boxeador José María Gatica. Y es que salvando las distancias (porque ni Gilda es Gatica ni Lorena Muñoz es Favio) - y admitiendo que ninguna otra película argentina ha igualado aún la emocionante mezcla de melodrama, pasión y sabor popular de la obra maestra de Favio - hay algo en Gilda que (como en Gatica) establece una clara empatía entre la fragilidad emocional de su protagonista y el espectador, aun cuando éste no sea un fan de Gilda ni conozca en profundidad sus canciones ni su corta vida.

Asistimos así al minucioso, paulatino y revelador acercamiento de una mujer hacia una forma de realización personal, que no es otra cosa que una búsqueda incesante de cariño, de autoestima y de aprobación; quien no sea capaz de identificarse con eso no ha tenido jamás un sueño por cumplir, ni un padre, ni una madre, ni un amor, ni un ápice de duda sobre sus capacidades y sus anhelos. Es por eso quizás que vivimos como un triunfo cada pequeño paso de Miriam, desde que asiste a una primera audición donde entona por primera vez (en la película) "Paisaje" hasta que logra ser respetada por un sello musical tras varias experiencias frustrantes con contratistas y managers.

La película combina el crecimiento artístico de Gilda - en un ambiente como el de la movida tropical de comienzos de los 90, que era un territorio básicamente machista y mafioso - con la exploración de sus vínculos personales más cercanos. En particular su relación con dos hombres clave en su vida: su marido Raúl (Lautaro Delgado), padre de sus dos hijos, quien nunca aceptó las ambiciones artísticas de Miriam, y su mentor e impulsor Juan Carlos "Toti" Giménez (Javier Drolas), con quien más adelante tuvo una relación sentimental. Son estas dos "fuerzas" opuestas las que representan claramente las dos vidas que Miriam nunca pudo hacer confluir del todo: la de la maestra de jardinera, la de madre y esposa en el hogar, y la de la artista y estrella en ascenso que se convirtió en ídolo y santa para millones de admiradores, sobre todo de los sectores más humildes. Parecería ser que para Miriam la música era más que nada una manera de dar y recibir amor, así como recibía amor de su padre (encarnado nada menos que por Daniel Melingo) cuando le enseñaba a tocar la guitarra siendo una niña.

El tratamiento que le otorga la directora Lorena Muñoz (debutante en la ficción con antecedentes en el documental) es de una gran delicadeza, como si pretendiese compensar con la película los traumas y dolores que Gilda padeció en vida. Pero no es posible, y es por eso que tampoco los evita. En una entrevista reciente Muñoz contaba que había tomado como referencia para varias escenas el cine de John Cassavetes, en particular algunas escenas de su esposa y musa Gena Rowlands. Esto es particularmente revelador, y explica la decisión de filmar las escenas más dolorosas y viscerales de Miriam con una cámara muy próxima a los personajes, casi sin cortes e incluso en largos planos secuencia (como la maravillosa y angustiante escena de la borrachera). Evidentemente hay en Muñoz una directora con una sensibilidad particular, mucho más interesada en el ser humano detrás de la estrella que en montar un show musical con canciones de Gilda.

Dicho esto, la película es también un regalo a los fans que quieran revivir a Gilda sobre el escenario como a quienes deseen conocer cómo se desenvolvía como artista e intentar descifrar qué la hacía, para su público, tan especial. Quizás sea en este sentido que la película se queda irremediablemente corta, porque tal vez sea imposible llegar a comprender las razones de su éxito, de la admiración que despertaba y de la cualidad de santa que tempranamente se le adjudicaba (algo exacerbado, obviamente, tras su trágica muerte a los 34 años). Pero hay algunas pistas, claro: una mujer sencilla, extremadamente cálida y agradecida con su público, que logra imponer un estilo y una carrera en un ambiente que no le hizo las cosas fáciles, además de ser una gran generadora de hits musicales populares que siguen sonando, muchos de ellos reversionados por artistas de los géneros más variados.

Lo cual nos lleva a hablar del otro gran sostén de la película que es Natalia Oreiro, sin cuya entrega y compromiso este retrato no sería posible. La actriz uruguaya no sólo canta todas las canciones de Gilda con su propia voz e incorpora su look, su forma de bailar y de moverse con total fidelidad, sino que hace algo aún más interesante y arriesgado: escapa a la mera imitación de Gilda para meterse en la piel y en la sensibilidad de Miriam, esa mujer que a los 30 años rompió con la domesticación a la que parecía condenada para intentar demostrar (y demostrarse a sí misma) que era capaz de perseguir un sueño. Y no hay ni un solo momento de Oreiro en el que no le creamos. Este es, quizás, el trabajo más completo y emotivo de toda su carrera (y estamos hablando de la misma actriz que protagonizó Francia, Miss Tacuarembó, Infancia clandestina y Wakolda). Verla en Gilda resulta siempre fascinante, doloroso y profundamente cálido.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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