3 anuncios por un crimen

3 anuncios por un crimen

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  • Titulo original: Three billboards outside Ebbing, Missouri
  • Dirección: Martin McDonagh
  • Género: Comedia dramática
  • Protagonistas: Frances McDormand - Woody Harrelson
  • País: Reino Unido-Estados Unidos Año: 2017
  • Duracion: 115'
  • Elenco: Sam Rockwell - John Hawkes - Peter Dinklage - Abbie Cornish
  • IMBD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

Mildred (Frances McDormand), una mujer de Missouri cuya hija ha sido violada y asesinada siete meses atrás, decide declarar la guerra a la policía local al creer que, inmersos en la inoperancia y el racismo, no están interesados en hacer justicia. Sus acciones desatan consecuencias inesperadas en el pueblo, en los policías – principalmente el inepto y sádico Dixon (Sam Rockwell) - y en ella misma. Ganadora de 4 Globos de Oro incluyendo mejor película, actriz y guion.

Trailer

Comentario de Cartelera.com.uy

Madre renegada

 

No resulta fácil pararse frente a una película como 3 anuncios por un crimen, gran favorita de la crítica internacional (viene de ganar cuatro Globos de Oro, incluyendo mejor película dramática y mejor guion, además de ser ampliamente elogiada) y del público (obtuvo el reconocimiento de la audiencia en los festivales de San Sebastián y Toronto). Y es, claramente, una gran favorita para los Oscar que se entregarán el 4 de marzo, por más que en Montevideo casi nadie se ha enterado, a juzgar por las cuatro personas que la vimos en su primera función trasnoche de estreno. Es curioso, porque se trata de una película casi tan crowd-pleasing (es decir, que desata la aprobación inmediata de gran parte del público, ávido de acciones catárticas) como incómoda, tanto por los temas que aborda (la muerte de una hija, la violencia de género, el odio, la empatía, la intolerancia, la justicia por mano propia) como por las conductas morales de sus personajes.

 

La tercera película de Martin McDonagh (Londres, 1970), quien ganó un Oscar al mejor cortometraje en 2006 y luego hizo las comedias oscuras Escondidos en Brujas (2008) y Siete psicópatas (2012), no podría tener un mejor comienzo: Mildred (Frances McDormand), una mujer de mediana edad de Missouri, contrata tres inmensos carteles abandonados al costado del camino de acceso a su pueblo (Ebbing, nombre ficticio) para enviar un claro mensaje a la autoridad policial local. Los mensajes están dirigidos al jefe Willoughby (Woody Harrelson), quien a su entender es el máximo responsable de la inoperancia policial en la investigación del crimen y violación de su hija Angela, siete meses atrás. Lo que Mildred pretende hacer (y lo logra rápidamente) es llamar la atención no sólo de la policía sino de sus vecinos y de los medios, como forma de ejercer presión pública para que el crimen se resuelva y se halle al o los responsables. Pero no todo sale como Mildred ni el espectador se lo esperan.

 

A partir de aquí, resulta casi imposible analizar la película sin mencionar varios acontecimientos en la trama, por lo que si aún no la viste y no querés ver arruinadas las sorpresas, te recomiendo fuertemente DEJAR DE LEER EN ESTE PUNTO.

 

Para empezar, resulta que el jefe Willoughby es básicamente un buen hombre, un cariñoso padre y mejor marido, que tiene las manos atadas por la ley (hay un límite para seguir investigando y las pruebas hasta el momento no han arrojado sospechosos) y, para colmo, está muriendo de cáncer. De manera que la acción de Mildred aparece, frente a los ojos del pueblo, como una gran injusticia hacia un pobre hombre que tiene los días contados. Luego la película le dedica no pocos minutos a la vida personal de Willoughby, incluyendo un último día en familia antes de suicidarse de manera tan dramática como, digamos, "teatral" (no solo por su puesta en escena sino porque sus últimas palabras son "Oscar Wilde"...), por lo que McDonagh pareciera querer decirnos: "está bien, lo de Mildred es una tragedia, pero no es la única que la pasa mal en esta vida".

 

En realidad, la intención de la película es otra: ante la opinión pública y los mismos medios que le dieron voz al comienzo, Mildred quedará marcada como la gran responsable del destino del querido jefe de policía, por más que éste se tome el trabajo de aclarar que no es así en una de las tres cartas póstumas que dejará, dirigida precisamente a ella. Mildred ya tiene su buena cuota de culpa con la cual lidiar, como se encarga de mostrar un oportuno y gráfico flashback. Lo que sucede a partir de este punto de giro tan dramático como inesperado (el suicidio de Willoughby, quiero decir) conduce la trama hacia zonas por lo menos grises. Y esto tiene tanto que ver con la ausencia de blancos y negros, de buenos y malos, de correctos e incorrectos, de morales e inmorales, como con las decisiones del guionista (el propio McDonagh) que saltan a la vista a cada instante, por encima de las decisiones de los personajes (que son, obviamente, los títeres del guionista y director), como notorios golpes de efecto uno detrás del otro.

 

A esa altura, entre la brutalidad de Dixon que, dolido por la muerte de su jefe y amigo, apalea a un pobre empleado tirándolo por una ventana, y la anarquía de Mildred arrojando bombas molotov contra la comisaría, la película parecería lograr el mismo efecto que Relatos salvajes, ese efecto catártico en la audiencia que celebra (casi siempre internamente) las acciones radicales de los personajes con los que se identifica. Esas mismas acciones que la mayoría de nosotros no haríamos en la vida real, porque son delito, pero que aplaudimos gozosamente cuando las vemos en la pantalla. Cualquiera puede identificarse con el dolor y la impotencia de una madre a la que le violaron y quemaron a su hija adolescente, más en los tiempos brutales que corren de violencia de género, reivindicación femenina y acusaciones de abusos masculinos por todos lados. Lo que no es tan fácil es estar de acuerdo con todas sus acciones, por más justificadas que sean, y ahí es donde la película coloca un escollo en la comodidad moral de algunos espectadores, que quisieran amar incondicionalmente a Mildred, pero...

 

Algo parecido sucede con el oficial Dixon (estupendo Sam Rockwell, que ya tiene su estatuilla de Oscar asegurada): el tipo es un policía de cuarta, un racista maloliente y probablemente un homofóbico convencido, claramente un antagonista para Mildred. (Hay un supuesto chiste del jefe Willoughby respecto a la abundancia de racistas y homófobos en las fuerzas policiales de Estados Unidos, lo cual vendría a ser algo así como una posición crítica de la película, curiosamente puesta en boca de un jefe de policía blanco, más teniendo en cuenta que la historia se ambienta en el estado de Missouri, en cuya localidad de Ferguson hubo revueltas por parte de la comunidad negra tras el asesinato del joven Michael Brown, en 2014, a manos de la policía).

 

Dixon, como personaje, da un giro radical e inmediato después de que - mientras lee una de las cartas póstumas del jefe Willoughby, en la que éste básicamente lo elogia y lo alienta a ser un mejor policía y una mejor persona, abrazando el amor en lugar del odio - cae víctima del incendio provocado por Mildred. Lo salva de las llamas el enano Peter Dinklage, al que anteriormente menospreció en público por su tamaño, y a partir de allí (con la marca del fuego en su rostro) hace exactamente lo que Willoughby le encomendó en su carta: se dedica a ser mejor persona (pidiendo perdón al pobre empleado que casi mata horas antes y acercándose a su hasta entonces fiera antagonista Mildred) y mejor policía (por más que haya sido despedido por su nuevo jefe negro). No sólo rescata del fuego el expediente del caso Angela, entre todos los documentos que se apilan en la comisaría, sino que además - por fuerza de un enorme Deus ex machina que lo coloca en el lugar y momento preciso, tal como lo anticipó el sabio de Willoughby - parece estar a pasos de atrapar al asesino. E importarle.

 

Después resulta que no, que el sujeto no era el asesino, pero para entonces Dixon ya habrá recibido por parte de la película un tratamiento de nuevo héroe (ver sino la escena en la que llega arrastrándose al baño a recolectar el ADN, todo sanguinolento, acompañado de música heroica y del llanto desesperado de su madre, que hasta ese momento lo había tratado más bien con frialdad) y, sobre todo, terminará en una especia de dupla vengadora junto a Mildred, partiendo hacia Idaho con la intención de hacer justicia por mano propia contra alguien que "seguramente" es, como mínimo, un violador orgulloso. La película se encarga de alivianar esa incorrección política, haciéndole decir a los nuevos socios que no están convencidos de cometer tal asesinato, pero la última imagen que vemos es la de ellos viajando hacia Idaho...

 

No hay nada de malo en reivindicar cierta incorrección política e inmoralidad (o, al menos, moral sinuosa) en unos personajes, sobre todo en estos tiempos de corrección política extrema - y exasperante - en la producción y los discursos de Hollywood. Que la película sea celebrada precisamente por eso no deja de ser un gesto saludable; otra cosa es celebrarla - precisamente por eso - como la obra maestra que no es. En todo caso, se trata de una película sumamente original e incómoda, de impecable factura y estupendo elenco, que con el mejor ánimo de arrojar humanidad sobre sus personajes toma decisiones, cuando menos, extremas. A veces inverosímiles.

 

Dicho todo esto, la película - con toda su inteligencia, incorrección, golpes de efecto y defectos - descansa cómodamente sobre los hombros de esa inmensa actriz que es Frances McDormand. Su madre quebrada y renegada, sin nada que perder en busca de su derecho a la justicia, es otra de sus enormes creaciones actorales y se merece sin dudas su segundo Oscar (ganó el primero por Fargo hace 20 años). Sólo la bellísima escena en que conversa con el ciervo (¿con Angela?) le vale todos los premios que ha recibido y que va a recibir.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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