Sin lugar para los débiles

Sin lugar para los débiles

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  • Titulo original: No country for old men
  • Dirección: Joel Coen -Ethan Coen
  • Género: Thriller
  • Protagonistas: Tommy Lee Jones - Josh Brolin
  • País: Estados Unidos Año: 2007
  • Duracion: 122'
  • Elenco: Javier Bardem - Kelly Macdonald - Garret Dillahunt - Woody Harrelson
  • IMBD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

La historia comienza cuando Llewelyn Moss (Josh Brolin), un cazador, se encuentra en el desierto, cerca de la frontera con México, con dos camionetas, varios muertos a tiros, un cargamento de droga y dos millones de dólares en efectivo. Cuando Moss toma el dinero, no imagina que detrás de él irá Anton Chigurh (Javier Bardem), un siniestro asesino a sueldo que no se detendrá ante nada hasta atraparlo. Ni siquiera el astuto aunque desilusionado alguacil Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones) podrá contener el catastrófico espiral de violencia que se desata. Esta adaptación de una novela de Cormac McCarthy obtuvo cuatro premios Oscar: mejor película, dirección, guión adaptado y actor de reparto (Javier Bardem).

Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras…: Un thriller de brillante ejecución cinematográfica, que muestra a los hermanos Coen en su mejor forma junto a un elenco excepcional. También una meditación sobre la violencia, desencantada y sombría.

Tiempos violentos

Ante una película como No Country for Old Men uno se siente tentado a hacer comparaciones con otros maestros de la violencia cinematográfica, como pueden serlo Sam Peckinpah (La Pandilla Salvaje, La Fuga) o Quentin Tarantino (Perros de la Calle, Pulp Fiction, Kill Bill). Después de todo, los hermanos Coen también son –a su propio modo- maestros en eso de retratar la violencia en términos cinematográficos, como lo demuestra la parte de su filmografía dedicada a revisitar las claves del cine noir (Simplemente Sangre, De Paseo a la Muerte, Fargo). Pero si Peckinpah hubiera hecho un despliegue mucho más grandilocuente de la violencia (probablemente con muchos ralentis) y Tarantino le hubiera puesto más sentido del humor bizarro, esta fiel (según quienes la han leído) adaptación de la novela de Cormac McCarthy le sirve a los Coen para trazar un retrato casi elegíaco de la violencia, sobre todo teniendo en cuenta el tono más bien contemplativo y reflexivo del personaje de Tom Bell (Tommy Lee Jones), que es el narrador de la historia.

Hay una lectura bastante amarga y finalmente desilusionada del mundo en que vivimos (o por lo menos del mundo en que se mueven los personajes, pero conociendo la obra de los Coen uno sabe que el alcance de sus temas es tristemente universal), como si se estuviera frente a la constatación de que vivimos un tiempo de cambio en que la violencia tanto individual como social ha tomado proporciones insólitas y ya no se pueda volver atrás, hacia épocas más inocentes o al menos esperanzadoras. Lo extrañamente irónico de todo esto es que la película se ambienta a principios de la década del ’80, lo cual ayuda a explicar el curioso corte de pelo de Javier Bardem (de reminiscencia setentosa, a lo Carlitos Balá) pero sobre todo establece una realidad irrefutable: hace rato ya que vivimos en estos tiempos violentos y nada indica que la cosa vaya a mejorar…

La película es básicamente un thriller brillantemente ejecutado desde el punto de vista cinematográfico, con grandes hallazgos de fotografía y montaje (aún para un par de cineastas que ya hicieron maravillas, en esos y otros rubros, en títulos como Fargo o El Hombre que Nunca Estuvo), un diálogo frecuentemente inteligente y unos personajes perfectamente delineados y mejor interpretados por un elenco de excepción. Desde el primer cuadro de la película es casi imposible sacar los ojos de la pantalla, y esto –que sucede generalmente ante las grandes películas- es mérito de la rigurosidad narrativa con que los Coen sirven un asunto que, en realidad, no es novedoso desde el punto de vista argumental.

Si No Country for Old Men es, además, una experiencia ligeramente removedora para el espectador y hasta contenidamente emotiva es por la misma razón que uno al final admiraba una obra maestra como Fargo: la comisaria Margie Gunderson (Frances McDormand), embarazada de siete meses, conduciendo hacia la cárcel al asesino psicópata Gaear Grimsrud (Peter Stormare) tras dejar cinco cadáveres a través de North Dakota, preguntándole (preguntándose): “¿Y por qué? Por un poco de dinero. Hay cosas más importantes en la vida que un poco de dinero, ¿sabés? Y aquí estás, y es un día hermoso. Sencillamente no lo entiendo.” La constatación de lo absurdo de la violencia, el lamento ante la inexorabilidad de sus más terribles consecuencias, y el desolador razonamiento de que el ser humano es el más cruel de los animales que habitan este planeta, porque aniquila a sus semejantes movido por la ambición, el odio, o simplemente la locura. Creo que Tom Bell, a su manera, se hace las mismas preguntas que Margie Gunderson, solo que Tom Bell es hombre, veterano, no espera un hijo, y se encuentra al final de su carrera, y por lo tanto sus reflexiones son mucho más desencantadas que las de Margie.

Lo cual nos lleva al asesino psicópata de esta película, Anton Chigurh, tercer vértice de un triángulo que comienza a armarse cuando Llewelyn Moss (un perfecto Josh Brolin) encuentra (y se lleva) dos millones de dólares en efectivo en lo que visiblemente luce como un asunto de drogas que terminó mal. A lo largo de internet hay grandes debates, entre cinéfilos y críticos, sobre las dimensiones y connotaciones del personaje de Chigurh. Como villano de cabo a rabo –en definitiva el tipo es un peculiarmente despiadado asesino en serie, con especial afición por los tanques de oxígeno- debo confesar que en una primera visión de la película me pareció exagerado y poco creíble. De hecho no me pude desprender de la imagen de una especie de Terminator, en especial cuando Chigurh asalta una farmacia y se cura a sí mismo unas heridas, tal como lo hacía Arnold Schwarzenegger en aquella primera entrega de la saga robótico-futurista. Además, si bien como espectador disfruto mucho de la ironía y de las buenas líneas de diálogo (sobre todo si esconden posibilidades inquietantes e impredecibles, como es el caso), debo decir que Chigurh se me hizo un poco encantador de más con todo ese discurso sobre la suerte y tirar la monedita; es decir, es indudable que el tipo es una amenaza para cualquier otro personaje en la película, pero no podía dejar de pensar sobre todo en lo que se debe haber divertido el español Bardem componiendo a esta ocurrente máquina de matar. En otras palabras: el tipo es tan desproporcionadamente imparable que uno no espera otra cosa a su paso que un reguero de destrucción y muerte…

Sin embargo, pensando posteriormente en la película, leyendo alguna cosa sobre ella y en particular habiéndola visto por segunda vez (algo que recomiendo ampliamente) es indudable la dimensión casi sobrenatural del personaje; algo similar ocurría con el diabólico personaje de John Goodman en Barton Fink (para seguir haciendo comparaciones dentro de la obra de los Coen). Aquello de apostar “todo” o “nada” a la suerte, a veces sin ser del todo consciente de lo que se está apostando; los comentarios que se refieren a él como una fuerza indestructible (comparable a la “peste bubónica”, según el cazador de recompensas que hace Woody Harrelson); su sonrisa irónica cuando una potencial víctima le dice que “no tiene que hacerlo”, a lo cual Chigurh responde que “todos dicen lo mismo”. Chigurh anda por los caminos de Texas detrás de un tipo que se fugó con dos millones de dólares, pero en realidad luce como alguien que va en una misión, una especie de trámite que ha hecho ya demasiadas veces y que seguirá haciendo porque, bueno, es su trabajo, y la razón única de su existencia: ponerle fin a la vida de las personas, ya sea echándolo a la suerte o deliberadamente. Como la Muerte. Y en tiempos violentos la Muerte tiene, como es lógico, cierto exceso de trabajo.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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