En pocas palabras…: Un entretenimiento pasajero e inofensivo, que no admite el menor análisis respecto a una trama algo compleja, inverosímil, y que no da respiro. A Tom Hanks por suerte le acomodaron un poco el pelo.
Creer o reventar
Advertimos que el siguiente comentario hace referencia a algunos aspectos de la trama que pueden molestar a quienes aún no hayan visto la película.
Le resultó muy fácil al director Ron Howard y a Columbia Pictures obtener un éxito global con
El Código Da Vinci (2006), adaptación de un best seller que había vendido –y seguiría vendiendo- decenas de millones de copias en todo el mundo gracias a un tema controvertido (el Opus Dei, la historia de la religión católica, y la especulación de que Cristo haya tenido descendencia). Era el único mérito de la novela de Dan Brown, a decir verdad, una obra publicada en 2003, de escritura más bien mediocre cuyo éxito disparó la venta de otros libros del autor, particularmente del anterior Ángeles y Demonios (2000), donde era introducido el personaje de Robert Langdon. Era evidente que los productores apostarían a seguir recaudando dinero adaptando otras obras de Brown, sobre todo si estas contaban con el protagonismo de Langdon, experto en simbología y detective ocasional encarnado por el eficiente Tom Hanks.
Uno de los problemas de El Código Da Vinci –la película- era que, como es lógico, se estrenó en pleno auge editorial y mediático de la novela –incluyendo el rechazo del Vaticano- y todo aquel que la había leído tenía su propia versión de la historia y de los personajes en la cabeza. La película debía cumplir con las expectativas de estos lectores pero además captar la atención de espectadores “vírgenes”, los que en su mayoría se vieron abrumados por una anécdota confusamente narrada, cierto halo de controversia mucho más inofensivo de lo que se sugería, y una necesaria simplificación de datos y situaciones que dieron como resultado un thriller torpe e inverosímil. Para no hablar del brushing de Hanks, que era algo perturbador.
Con esos antecedentes, es todo un logro que Ángeles y Demonios no sea el bodrio que uno temía que fuera. Y el mérito es básicamente del director Howard y sus editores Dan Hanley y Mike Hill, que no dan respiro al espectador y le impiden ponerse siquiera a pensar en la trama y en la acumulación de datos, códigos, referencias y pistas que Langdon y su compañera de correrías en esta ocasión (una científica italiana encarnada por la israelí Ayelet Zurer) van exponiendo y/o descubriendo durante su corto pero intenso periplo romano. La anécdota, una vez instalado Langdon en la capital italiana, transcurre casi en tiempo real (la película dura dos horas y veinte minutos, que no se sienten, y la trama condensa casi seis horas de acción), sin perderse en subtramas que no tengan que ver con el conflicto principal (intentar evitar un atentado contra el Vaticano). Esta vez ni siquiera se llega a sugerir una atracción romántica entre la pareja protagónica, como sucedía en la novela. Y parecería notarse que la película no tiene que cumplir con mayores expectativas que las de un mero entretenimiento, porque el público ya sabe qué esperar y sabe, además, que la polémica en este caso no existe.
El resultado es de consumo rápido, fácil y olvidable. Es como la mezcla de un relato de Sherlock Holmes moderno con un capítulo extendido de CSI, donde los protagonistas se explican entre sí –y al espectador- cada una de las pistas que encuentran de manera didáctica, como lo hace el equipo de policías forenses de la popular serie televisiva. Todo con prisa y sin pausas.
Y, la verdad, hay que agradecerle a Howard que no nos de tiempo a pensar, porque de lo contrario todo el asunto se caería a pedazos. No hay manera de entender, por ejemplo, por qué el Vaticano manda buscar a Langdon a Estados Unidos para resolver el secuestro de cuatro posibles sucesores del Papa para luego vigilarlo, mirarlo de reojo y cuestionar cada una de sus opiniones y sentencias. Esto se intenta explicar con la presencia de un inspector de policía (Pierfrancesco Favino) que es quien tuvo la idea de contactar al experto de Harvard, pero hasta el propio guión se da cuenta de la contradicción cuando le hace decir a Langdon: “señores, fueron ustedes los que me llamaron”. Tampoco se sostiene ni por un minuto la presencia de un único asesino que, en tiempo récord, debe ubicar a cuatro cardenales en distintos lugares de Roma, ejecutarlos de maneras muy complejas, evadir a la policía, a la Guardia Suiza, a Langdon, y vigilar que no se descubra a tiempo la ubicación de la curiosa arma de destrucción masiva con que se pretende hacer volar la Santa Sede.
El tema de fondo (religión versus ciencia) podría haber sido realmente interesante si tanto Brown como los guionistas (David Koepp y Akiva Goldsman) hubiesen decidido explorarlo más allá de los límites de un thriller detectivesco, cuya acción transcurre durante un cónclave vaticano para elegir a un nuevo líder. Hay un elemento de suspenso omnipresente (el mencionado artefacto, que estallará cerca de la medianoche) que corta de lleno con cualquier posibilidad de profundizar en un debate sobre la adaptación de la Iglesia Católica a los tiempos modernos, empezando por los avances tecnológicos. Manifestantes se enfrentan en la Plaza de San Pedro sobre si la investigación con células madre es o no un intento de reemplazar a Dios, y Langdon ilustra sobre el origen de los 'Illuminati' y las persecuciones de la Iglesia a todo aquel que pensara diferente. Pero el reloj sigue corriendo, tanto como los personajes por las calles de Roma, y no hay demasiado tiempo que perder.
Aún así el Camarlengo que encarna Ewan McGregor se detiene a preguntarle a Langdon si cree en Dios, y la respuesta del profesor adelanta algo que es imposible no reconocer: la reconciliación de los productores de la película (y hasta podría decirse del personaje) con la institución a la que ofendió con las sugerencias de El Código Da Vinci. Al final, y más allá de cómo se resuelve el suspenso (lo cual incluye una escena espectacularmente ridícula), lo que predomina es un obvio acercamiento entre las partes y una suerte de asunción de que, sí, la Iglesia Católica es una institución anquilosada en el tiempo, pero sus representantes son unos viejitos simpáticos a los que hay que proteger contra cualquier fundamentalista, sea o no un 'Illuminato'.
Por
Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy