Mi mamá me mima
Hay películas cuyos personajes no se manejan con los mismos valores morales que el espectador, y que sin embargo su suerte nos importa. Personajes cuyos actos no compartimos, o incluso reprobamos, pero que de cierto modo aprendemos a querer durante esa breve relación que se establece entre el público y la ficción. Betty Fisher es una de esas películas.
Está basada en una novela de Ruth Rendell que, desde ya lo digo, habría que leer. Uno adivina que en la base de esta adaptación del director y guionista Claude Miller hay un libro intrincado e interesante. Eso, o Miller es un maestro adaptador capaz de convertir un libro mediocre en una película atrapante, que se adueña de la atención del espectador y no la suelta hasta el último cuadro.
Betty Fisher, la película, es un logro en la rápida descripción de personajes, relaciones y ambientes. En pocos trazos nos queda claro el vínculo que ha forjado Betty Fisher, una novelista de éxito, con su psicótica madre Margot. E igual de precisa es la presentación de Carole, la tercera madre de la historia, mesera en un bar y perteneciente a un mundo muy diferente al de Betty. Ambas tienen algo en común, además de vivir en la misma ciudad: son madres de un pequeño. Qué pasa con esos pequeños, con cada una de ellas, con la loca de Margot y con el puñado de personajes que los rodea, es algo que el espectador tiene que descubrir por sí mismo.
Mezcla de serie negra “a la francesa” con estudio sórdido sobre la maternidad, Betty Fisher posee, además, la estructura cinematográfica que debe tener una película que entrecruza historias como si fueran piezas de un collage que, al final, se juntan. Piezas imperfectas, que parecen arrancadas de otras piezas mayores, y que como tales nunca llegan a encajar del todo bien sino, en realidad, desprolijamente. Como si uno hiciera añicos un azulejo y luego quisiera rearmarlo. Miller mueve su cámara nerviosamente, acompaña la neurosis de sus personajes, y salta de un relato a otro tratando de unir las piezas permanentemente, aunque manteniendo su independencia. Y sobre todo no deja cabo suelto: todo cae en su lugar, todo es causa y efecto, y ese ir y venir de hombres y mujeres finalmente constituye un gran cuadro sobre las coincidencias y casualidades de esta abrumadora vida moderna.
Pero donde funciona aún mejor Betty Fisher es en su retrato de personalidades más o menos complejas, perturbadas, afligidas, deformes. Y su elenco está a la altura de semejante desafío. Sandrine Kiberlain y Mathilde Seigner son igualmente convincentes en dos registros totalmente diferentes de madres jóvenes e independientes, que han hecho su vida sin deberle nada a los hombres. Pero hay que ver a la veterana Nicole Garcia componer con rasgos certeros a esa mujer tan inquietante, capaz de ayudar a su hija del modo menos convencional, aunque en definitiva tal vez se trate del único modo en que puede hacerlo. La película no la juzga; estaría bueno ver si el espectador es capaz de hacer lo mismo.
Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy |