No todo lo que brilla es oro
Si hay algo que Hollywood sabe hacer es democratizar el mundo del espectáculo. No sólo una vez al año nos invita a su fiesta más espectacular –el Oscar- transmitiéndola en directo por televisión. También tiene la costumbre de acercarnos a través del cine obras que de otro modo muchos de nosotros no veríamos.
Tal es el caso de El Fantasma de la Opera, el musical que Andrew Lloyd Webber concibió a partir de la novela de Gaston Leroux. Se trata de una de las obras más célebres del compositor inglés y una de las más exitosas (prácticamente no hay nadie que haya pisado Nueva York que no la haya visto o, al menos, intentado verla). Y después de Jesucristo Super Star (1973) y Evita (1996), y tras el resurgimiento del cine musical de la mano de Moulin Rouge (2001) y Chicago (2002), sólo era cuestión de tiempo para que El Fantasma llegara a la pantalla.
Quienes han visto la puesta en escena dicen que no ha habido grandes cambios, que prácticamente todo lo que se puede ver en Broadway está allí, impreso en película. Que claro, que no es lo mismo ver cómo la gigantesca araña de la Opera de París se eleva realmente a pocos metros de uno que verla en una dimensión en la pantalla, pero que de todas formas la película es fiel al espectáculo. Por mi parte, me resulta imposible establecer comparaciones, así que para mí (como para muchos) El Fantasma no es la adaptación de un musical sino un musical sobre un fantasma.
Acá debería decir que me pareció aburriiiiiida. La música está buena (cursi y melosa, pero buena), el elenco cumple, la historia tiene romance, emoción, humor y suspenso. Y es imposible negar los extraordinarios valores de producción como la fotografía de John Mathieson, la dirección artística de Anthony Pratt y el vestuario de Alexandra Byrne. Pero las escenas son largas y reiterativas –lo mismo que las canciones-, la puesta en escena es más bien estática (sólo ayudada por algún momento de buena coreografía) y el resultado termina por agotar tanto su argumento como la paciencia del espectador.
Tal vez tenga que ver el hecho de que Joel Schumacher, si bien competente, es un director rutinario sin un estilo para poner al servicio de un material como éste. Sus pocas películas interesantes (Un Día de Furia, Nadie es Perfecto, Tigerland, Veronica Guerin) lo son más por sus historias que por cómo están narradas. Carece de una imaginación visual como la de Baz Luhrmann (Moulin Rouge), a quien por cierto le debe parte de la introducción de la película, o de un dinamismo y una energía como las de Rob Marshall (Chicago), que fue coreógrafo antes que director de cine.
El tipo tenía ganas de hacer un musical y se sacó las ganas; sólo que no bastaba con poner gente cantando envuelta en trajes brillantes.
Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy |