King Kong

King Kong

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  • Titulo original: King Kong
  • Dirección: Peter Jackson
  • Género: Aventura-Fantasía
  • Protagonistas: Naomi Watts - Jack Black
  • País: Estados Unidos-Nueva Zelanda Año: 2005
  • Duracion: 3h07'
  • Elenco: Adrien Brody - Andy Serkis - Colin Hanks - Jamie Bell
  • Sitio oficial IMBD
  • Disponible en: VHS DVD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

Es 1933, y la actriz de vodevil Ann Darrow (Naomi Watts) se encuentra – como muchos en la Nueva York de la Gran Depresión - sin los medios para ganarse la vida. Al menos hasta que, en su desesperación, se cruza en el camino de Carl Denham (Jack Black), un director de cine tan pionero como aventurero. Denham emprende un viaje en barco rumbo a Singapur… aunque en realidad espera encontrar y capturar con su cámara un misterioso y mítico lugar: Skull Island. De esta manera, el aclamado director Peter Jackson (El Señor de los Anillos) recupera para el siglo XXI uno de los primeros clásicos del cine de acción y aventuras.

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    • Jueves 20 de Enero

      • 21:00

Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: El aclamado director Peter Jackson (El Señor de los Anillos) pretende homenajear al clásico de 1933, pero el resultado es un dislate interminable y excesivo, carente de emoción y de interés.

La bella y la bestia: una (excesiva, inverosímil, insoportable) historia de amor

Es la primera gran decepción de la temporada. Y no es que uno esperara demasiado de una remake del clásico de 1933 dirigido por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (uno ya no espera nada de ninguna remake). Pero uno sí podía –debía- esperar bastante de la nueva película de Peter Jackson. El mismo Peter Jackson que revitalizó el cine de aventuras y fantasía con la trilogía de El Señor de los Anillos, exitosa por demás y alabada por público y crítica en todo el mundo. Y no es sin dolor que lo digo: King Kong, la remake de Peter Jackson, me parece un fiasco.

Es parcialmente comprensible que el neocelandés haya querido homenajear a la película que –él mismo afirma- le hizo querer ser director de cine cuando la vio por primera vez a los 9 años. Es comprensible pero raro; quiero decir, ¿qué clase de homenaje implica rehacer totalmente eso que se homenajea? Es como si un escritor dijese: “La Ilíada me parece una obra maestra; quiero homenajearla escribiéndola de nuevo y, si es posible, mejor”. Es la misma insensatez que volvió completamente caprichosa la remake que hizo Gus Van Sant del Psicosis de Hitchcock, por ejemplo. Suficiente homenaje, creo yo, hubiera significado hacer una película tan buena como El Señor de los Anillos (la primera), donde Jackson ya demostró ser un estupendo director de cine (algo que ya había probado en 1994 con Criaturas Celestiales, por cierto).

Pero tal vez había mejor material (la monumental novela de J.R.R. Tolkien, nada menos) en la base de ese antecedente. Aquí el poco buen material de base (el idilio entre un simio gigante y una mujer hermosa) se diluye en tres horas que constituyen prácticamente tres películas distintas, siendo lo más interesante la breve presentación que hace Jackson de la Nueva York de la depresión durante los primeros minutos de película.

Conviene advertir que, a partir de aquí, voy a comentar detalles de la película que futuros espectadores quizá no quieran conocer.

En la primera parte, Jack Black (el gordito simpático y buen comediante de películas como Alta Fidelidad y La Escuela de Rock) interpreta a un director de cine que, en la Nueva York de los años ’30 (¿acaso las películas no se hacían en Hollywood?) intenta terminar su última producción a pesar del descreimiento de los ejecutivos del estudio. Le falta una actriz. Se cruza en su camino la artista de vodevil Naomi Watts (El Camino de los Sueños, 21 Gramos), que acaba de perder su trabajo en un teatro de mala muerte y tiene que robar manzanas para comer. Jack la convence de protagonizar su película y, al rato, están a bordo de un barco con rumbo desconocido hacia una misteriosa isla donde Jack espera poder filmar las tomas que le aseguren el éxito de su película.

Este primer tramo es como una mezcla de Titanic con Disparos sobre Broadway, aquella comedia de Woody Allen sobre el montaje de una obra en la Nueva York de los años ’30. Como en la película de Allen aquí hay humor, una mala actriz (dentro de la película), un autor intelectualoide con cierta crisis de creatividad (Adrien Brody) y un director que ya exhibe sus primeros rasgos de chanta, aunque por ahora sigue cayendo simpático. Después de todo el tipo es un obsesivo que lo único que quiere es completar su exótica película a cualquier precio, como un Werner Herzog comercial. Lo que salva este primer tramo es precisamente el humor, aunque al mismo tiempo que nos entretiene nos alarga el comienzo real de la película durante una hora (recuerden que vinimos a ver King Kong).

El segundo tramo es una mezcla (mala) entre Indiana Jones, Tierra de Gigantes y Jurassic Park. Kong finalmente hace su esperada aparición, pero no sin antes presentarnos a una tribu de nativos salvajes que heredan algo de los orcos de El Señor de los Anillos aunque con las características físicas de unos indígenas del sudeste asiático. Dada como ofrenda por los nativos al simio gigante, Naomi pasa los siguientes 20 minutos siendo reboleada por el gorila, que, cuando ella intenta escaparse (como es lógico) le hace una escena de demostración machista como para dejar en claro que “acá mando yo”. Hasta ese momento uno se banca todo porque, bueno, los técnicos de efectos visuales hicieron realmente un gran trabajo recreando a la criatura, sobre todo en esos primeros planos de casi perfectas expresiones faciales, basadas en tomas reales del actor Andy Serkis (el mismo que dio vida al Gollum de El Señor de los Anillos y que aquí, además, interpreta a un miembro de la tripulación del barco).

Ahora bien, cuando la rubia empieza a hacer un numerito de vodevil para entretener al gorila yo realmente tuve que preguntarle a quien tenía al lado: “¿esta mujer está haciendo lo que yo creo que está haciendo, o se filtró un rollo de una película de Mel Brooks?” Allí caí en la cuenta de que el King Kong de Peter Jackson es una comedia absurda, una gran fantochada que de vez en cuando se torna romántica, o trágica, o terrorífica… pero que nunca se puede tomar en serio.

Mientras todo esto sucede, la tripulación del barco -incluyendo a Jack, a Adrien, al actor de la película de Jack, y a un jovencito (Jamie Bell, de Billy Elliot) que lee “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad en sus ratos libres- corretea por ahí entre estampidas de dinosaurios, o se quita las cucarachas gigantes de encima disparándose mutuamente balas de ametralladora sin que nadie (salvo las cucarachas, claro) salga herido. Aquí conviene aclarar que yo creo en eso de la “suspensión de la incredulidad”; soy capaz de convencerme de que lo más fantasioso que se pueda ver en una pantalla de cine es real, o representa un peligro, o es capaz de conmoverme… pero si me convencen de ello, como lo hicieron Steven Spielberg, George Lucas, Ridley Scott, James Cameron y, sí, el Peter Jackson de El Señor de los Anillos. Aplaudo a quienes realmente se emocionaron con esos 15 minutos de corridas entre patas de brontosauros; yo lo único que vi fue unas imágenes (bien logradas) de animales prehistóricos, y unas tomas sobreimpresas (de mala manera) de un grupo de actores que corrían en la misma dirección. Unos y otros no conviven; no hay emoción, peligro, ni expectativa. Simplemente un exceso de demostración técnica que no aporta nada dramáticamente, sino que simplemente acumula situaciones, criaturas, peligros innecesarios que interrumpen la travesía de nuestros ¿héroes? hasta caer en el más puro caos. No sería el único ejemplo.

Lo que intenta Jackson es homenajear a las viejas matinées del Hollywood de los años ’30, dirán algunos. De acuerdo, pero aquellas viejas matinées -de las cuales el original King Kong es precisamente un buen ejemplo- eran concisas, modestas y, sobre todo, extremadamente entretenidas. Esta King Kong no cumple con ninguna de las tres condiciones: se excede en todo (metraje, énfasis, bichos), derrocha recursos y talento, y aburre imperdonablemente durante largos tramos. Y lo que es peor: a excepción de Kong, no genera ningún interés por sus personajes; a uno no le importa si cualquiera de ellos muere aplastado de un momento a otro por una pata de dinosaurio. Si quieren comprobar cómo se homenajea el espíritu de la matinée echen un vistazo a cualquier Indiana Jones (sobre todo la primera). Y si pretenden justificar la “truchez” de algunos efectos bajo ese mismo espíritu, recuerden lo que hizo Tim Burton en Marcianos al Ataque: se la jugó por efectos imperfectos como forma de homenaje, mientras que Jackson, en cambio, busca (y logra) la perfección en algunos momentos y en otros nos pide que creamos en cualquier artificio, por más absurdo que sea.

A esta altura no hace falta decir que la tercera y última parte es la que sucede en Nueva York, una vez que Jack (que ya no es un director de cine apasionado sino un empresario de espectáculos sin el menor escrúpulo que, para colmo, no recibirá su castigo) ha atrapado a Kong y lo exhibe en un teatro de Broadway como “la octava maravilla del mundo”. Como es más que predecible (y festejable), la bestia rompe las cadenas y sale a las calles causando el pánico. Allí, iluminada desde atrás como si se tratara de una divinidad, reaparece Naomi, quien había regresado a su trabajo en un escenario de segunda. Por tercera o cuarta vez a lo largo de la película, la bella y la bestia intercambian miraditas edulcoradas (de acuerdo, es lo único que pueden intercambiar). Y que nadie me diga que no se trata de una historia de amor; no existe ese intercambio de miradas entre dos seres (de la especie que sean) que no sientan un interés romántico el uno por el otro (la otra, en este caso). Además, no seamos ingenuos, la fórmula es la misma de cualquier historia de amor: chico conoce a chica… o sea, simio conoce a chica, simio y chica se enamoran, simio pierde a chica, simio reencuentra a chica… simio patina en el Central Park con la chica en la mano (!) y simio la queda, claro, porque después de todo un amor imposible tiene que terminar en tragedia.

Si esta crítica luce algo excesiva en extensión y detalles es para hacerle justicia a tres horas de película extremadamente excesivas. Jackson peca de la misma megalomanía que estiró y arruinó parcialmente los últimos 45 minutos de El Regreso del Rey (sobre todo el tramo final tras el regreso a la Comarca): más, más, más… más minutos, más miraditas, más énfasis. Todo el asunto luce como un ejercicio masturbatorio interminable. En algún momento, mientras el mono esquiva aviones en la cima del Empire State, uno se convence de que Jackson realmente necesitó otro editor que redujera sus excesos. Y sucede lo inevitable: el único personaje que nos importa, que nos genera cierta empatía (Kong, por supuesto) se desliza inevitablemente hacia una muerte que no nos mueve un pelo.

Como dijo un crítico norteamericano medianamente lúcido (Brian Orndorf, en filmjerk.com): “la película se esforzó tanto en amortiguar todos los sentidos hasta este punto de la historia que cualquier esperanza de que haya una lágrima o dos para honrar el destino de Kong es como pedir que el espectador done un riñón”. Y es que es cierto: uno ya no siente nada; uno simplemente ruega que el simio caiga de una vez para que su sufrimiento (y el nuestro) termine finalmente.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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