Hasta el último hombre

Hasta el último hombre

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  • Titulo original: Hacksaw Ridge
  • Dirección: Mel Gibson
  • Género: Drama bélico
  • Protagonistas: Andrew Garfield - Sam Worthington
  • País: Estados Unidos-Australia Año: 2016
  • Duracion: 139'
  • Elenco: Vince Vaughn - Teresa Palmer - Luke Bracey - Hugo Weaving
  • Sitio oficial IMBD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

La nueva película del director Mel Gibson (Corazón valiente, La pasión de Cristo, Apocalypto) narra la verdadera historia de Desmond Doss (Andrew Garfield), un joven contrario a la violencia que, tras luchar contra todo el estamento militar y enfrentarse a un juicio de guerra por su negativa a portar un rifle, consigue su objetivo y es enviado a servir como médico al frente japonés durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de ser recibido con recelo por todo el batallón durante la salvaje toma de Okinawa, Desmond demostró su valor salvando la vida de 75 hombres heridos tras las líneas enemigas. Fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos.

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Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Esta vez el despliegue de acción bélica (por momentos brutal y descarnado) no está allí para graficar la violencia y la locura de la guerra sino exclusivamente en función de la construcción de un héroe, de un mito, de un ser divino.

No matarás

Diez años le llevó a Mel Gibson estrenar su quinta película como director, y la primera desde la aclamada Apocalypto (2006). Entre ambas hizo muy pocas películas como actor (Al filo de la oscuridad, La doble vida de Walter, Plan de fuga, Los Indestructibles 3, la aún no estrenada entre nosotros Blood Father), pero sobre todo se convirtió en comidilla de tabloides y programas de chismes al ser arrestado por conducir alcoholizado, vociferar en contra de judíos y mujeres y enfrentar acusaciones de violencia doméstica por parte de ex parejas.

Pero si por algo es conocido sobre todo Mel Gibson, dentro y fuera de la pantalla, es por su ferviente catolicismo. En todas sus películas como director (al menos desde Corazón valiente hacia acá) hay un claro posicionamiento desde la fe cristiana, tanto temáticamente como en el tratamiento glorificador del protagonista y su martirio, siendo el ejemplo más claro de esto, por supuesto, La pasión de Cristo (2004). Hasta el último hombre prosigue la misma línea, y por si quedan dudas allí están las primeras palabras de Desmond Doss sobre Dios todopoderoso (en voice over, sobre las primeras imágenes de la brutalidad de la guerra) o esa imagen final, antes de los créditos, que literalmente eleva a un herido Doss hacia el cielo.

No estoy haciendo spoilers, el final de esta historia es conocido: Desmond Doss (1919-2006) fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos, la máxima condecoración para un miembro de las Fuerzas Armadas de ese país. Se la entregó el presidente Harry Truman. Fue realmente un hombre valiente, que eligió ir a la guerra como deber ciudadano pero rehusando - por convicciones religiosas - portar un rifle y disparar ni una sola bala; su contribución, y por la que fue finalmente reconocido, fue asistir a los combatientes heridos caídos en el campo de batalla, durante la toma de Okinawa (Japón), en la Segunda Guerra Mundial. Sus esfuerzos, incluso bajo fuego enemigo, terminaron salvando la vida de más de 75 hombres.

El prólogo de la película, ubicado en la infancia del protagonista, da cuenta de las razones originales que motivaron su convicción religiosa y moral. Doss no era necesariamente un pacifista: entendía las razones de su país para ir a la guerra y, como bien lo expresa durante el juicio militar al que se lo somete más adelante, tras el ataque japonés a Pearl Harbor él mismo se sintió agredido y con ira hacia el enemigo. Solo que esa ira no se traducía en deseos de matar ni agredir. Casi la primera mitad de la película se dedica entonces a pintar al joven Desmond (muy bien Andrew Garfield) como un ser luminoso e inocente, hijo de una familia religiosa y conflictiva, con padre veterano de la primera guerra (Hugo Weaving), alcohólico y violento, pero sobre todo quebrado por la pérdida de sus mejores amigos en el frente de batalla. Un ser imposible de no querer, casi como un Forrest Gump menos ingenuo pero igualmente idealista e idealizado, y al que no mueven las circunstancias sino que éstas, en definitiva, terminan respetando sus convicciones.

Forrest Gump también fue a la guerra, la de Vietnam, y también terminó salvando la vida de algunos de sus compañeros bajo fuego enemigo. Pero aquello era una fábula de ficción. Esto es real (al menos la historia original) y la crudeza de la realidad no demora en hacerse presente, primero en el entrenamiento militar donde Desmond es motivo de burla, odio y resentimiento por parte de sus camaradas en armas, y de incomprensión y hasta desprecio por jerarquías militares que no entendían su insistencia en permanecer allí. Y sobre todo en el campo de batalla, donde Gibson despliega toda la violencia explícita, la sangre y los desmembramientos que uno debe esperar del director de La pasión de Cristo y Apocalypto.

Lo que diferencia a Hasta el último hombre de aquellos antecedentes, es la insistencia casi publicitaria en subrayar el heroísmo de Doss. Su arrojo personal, aún en las peores circunstancias y arriesgando sin dudarlo su propia vida; el desprecio inicial de los demás que inevitablemente da paso al respeto y la admiración (expresada en algún caso textualmente, con pedido de perdón incluido); y sobre todo esa música emotiva de Rupert Gregson-Williams sonando casi todo el tiempo, indicándole al espectador qué emociones debe sentir en cada escena y, para que no quede ninguna duda, cuál es el estatus en el que debemos ubicar al protagonista que Gibson nos presenta, bien empaquetado como héroe.

La historia real de Doss ya era lo suficientemente clara y contundente respecto a su entrega y valía como para que sean necesarios tantos subrayados, tantos recursos cinematográficos colocados exactamente en cada lugar esperable. Así es casi imposible no conmoverse en algún punto. Pero la manipulación (algo por demás lícito en la construcción de un relato cinematográfico) es esta vez demasiado evidente y demasiado impúdica. Esta vez el despliegue de acción bélica (por momentos brutal y descarnado, incluso morboso) no está allí para graficar la violencia y la locura de la guerra - como lo han hecho en el pasado Kubrick (Nacido para matar), Stone (Pelotón), Malick (La delgada línea roja), Spielberg (Rescatando al soldado Ryan), Eastwood (Cartas desde Iwo Jima) y otros maestros - sino exclusivamente en función de la construcción de un héroe, de un mito, de un ser divino. No hay matices, no hay dudas, no hay dos lecturas posibles, sobre todo en cuanto a quienes son los malos y quiénes son los buenos.

Quizás no quepa esperar otra cosa de un director tan religioso como Gibson.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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