Biutiful

Biutiful

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  • Titulo original: Biutiful
  • Dirección: Alejandro González Iñárritu
  • Género: Drama
  • Protagonistas: Javier Bardem - Maricel Álvarez
  • País: España-México Año: 2010
  • Duracion: 2h28'
  • Elenco: Hanaa Bouchaib - Guillermo Estrella - Eduard Fernández
  • Sitio oficial IMBD
  • Disponible en: DVD
  • Tipo: Película

Ficha

Resumen

Esta es la historia de un hombre en caída libre: Uxbal, un héroe trágico peleando contra la corrupción, tanto en la sociedad como dentro de sí mismo, mientras lucha por finalmente encontrar la compasión, el perdón, la redención y la luz a través del inmenso amor por sus hijos. Por su actuación, Javier Bardem recibió el premio de interpretación en el Festival de Cannes 2010 y fue candidato al Oscar 2011.

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Trailer

Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Un cuadro de redención y sacrificio con apuntes sobre marginalidad, explotación y hasta algún toque sobrenatural. González Iñárritu sigue siendo un estupendo realizador, pero abunda en clichés y marcas de estilo que saturan y alargan la película. Javier Bardem, como casi siempre, está excelente.

Agonía

A esta altura es público y notorio que el matrimonio artístico entre el director Alejandro González Iñárritu y el guionista Guillermo Arriaga terminó en un sonado divorcio después de dar a luz a su tercer hijo cinematográfico, Babel (2006). Al parecer, todo se debió al viejo dilema de la autoría, que si la película "es" del director o si "es" del guionista, o quién es "más autor" de la película, si el que la escribe o el que la dirige. El viejo síndrome masculino de "quién la tiene más grande", para hacerla corta... Al parecer a Arriaga le molestaba bastante que González Iñárritu (AGI) se llevara todo el crédito (el famoso "una película de..."), y el director no estaba dispuesto a compartirlo. Así que cada uno por su lado y a otra cosa.

Esa otra cosa dio como resultado, por un lado, el debut de Arriaga como director con The Burning Plain (2008), otro drama coral con idas y vueltas temporales en torno a un incidente trágico (¿suena familiar?), por supuesto sobre guión del propio Arriaga; y, por el otro, la cuarta película de AGI y la primera que concibe en solitario, aunque con ayuda de los co-guionistas Armando Bó y Nicolás Giacobone. Esa película se llama Biutiful y, por supuesto, es una elección de título muy irónica para una película que de "biutiful" no tiene nada. O casi.

Lo primero que hay que destacar es que el director no haya intentado hacer, por cuarta vez, un rompecabezas cinematográfico. Si bien la película posee cierta circularidad (sólo al final sabremos que las dos primeras escenas, de corte más bien poético, funcionan como anticipación), y tardamos un buen tramo en entender quién es el protagonista, qué le pasa y a qué se dedica (algo que en el cine industrial se sirve en bandeja en los primeros minutos), es la primera vez que AGI narra una historia de manera casi enteramente lineal, y también la primera vez que tiene un protagonista absoluto. Aún así, no puede resistir la tentación de escaparse cada tanto a explorar las vidas de unos pocos personajes secundarios, algo necesario en algún caso para explicar motivaciones y giros dramáticos, pero también algo por lo general evitable.

Y de hecho ese es uno de los problemas de AGI como autor: su incapacidad de contenerse, de ceñirse a contar con mayor precisión el drama de su protagonista sin distraerse, estirando el metraje en varios tramos y arriesgando perder el compromiso emocional del espectador. Si no lo logra del todo es porque Javier Bardem es tremendo actor y porque AGI es un notable director de actores, capaz de lograr escenas de una tensión y angustia insoportables gracias, sobre todo, al compromiso que genera en su elenco, por más pequeño que sea el rol (la escena del funeral, cerca del comienzo, es una buena muestra). Pero cansa, no necesariamente porque haya elegido contar, por cuarta vez, una historia trágica y oscura, que no da tregua a sus personajes ni a su público, sino porque una vez más abusa de sus toques personales, de una manera de filmar que ya es casi un estilo.

Vamos a entendernos: AGI es un estupendo realizador, capaz de capturar en pocos trazos (con la complicidad de su estupendo director de fotografía, Rodrigo Prieto) el clima, los olores y hasta la respiración de una ciudad (ya sea México D.F. en Amores Perros o Barcelona en este caso), pero a la quinta vez que se cuelga con el mismo tipo de imagen (un farol, unas chimeneas, un insecto, siempre al son de las reconocibles cuerdas de Santaolalla) ese tipo de adorno llega hasta la saturación. Es como el guitarrista que en cada recital ejecuta el solo de la misma manera, sin innovar, sin sorpresas, por más brillantemente que lo haga. El recurso funcionaba en 21 Gramos (2003), ya no. Por otro lado, si bien no teme meter las manos en el traspatio de Europa, el de la persecución y explotación de inmigrantes ilegales, su tratamiento de esa realidad luce más bien superficial y caprichoso, al servicio de una historia individual de redención y sacrificio. Y esa historia es la de Uxbal, un padre que se sabe condenado (tanto por su organismo como por su conciencia) y que, en medio de la corrupción y suciedad que le rodean (y de las que forma parte), actúa como un príncipe de los caídos, una especie de ángel guardián incluso más allá de la muerte.

Lo cual nos lleva a otro aspecto en el que AGI no convence: su misticismo. Como si no le hubiera alcanzado con las causalidades, casualidades y efectos mariposa de sus tres primeras películas, aquí añade un costado sobrenatural en el que los fantasmas literalmente acechan a Uxbal, que es una especie de médium atormentado a la manera de Matt Damon en Más allá de la vida. Obviamente no son fantasmas al estilo Sexto sentido sino que cumplen cierto valor metafórico, una manera de graficar las culpas que persiguen al personaje por sus delitos y sus pecados, incluso contra sí mismo. Pero la delicada línea entre metáfora y fantasía se confunde con cierta indefinición; al menos M. Night Shyamalan no siente culpa cuando pretende revelar la naturaleza humana a través de un cuento de hadas...

Por supuesto que la capacidad de conmoverse con lo que propone el mexicano dependerá del tipo de sensibilidad de cada uno, y de la fascinación o irritación que sigan generando sus marcas de fábrica, tanto temáticas como estilísticas. Lo que no puede negarse, objetivamente, es que la vida para AGI es una agonía. Muy bien filmada, eso si, como sus películas.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy

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